La heredera (William Wyler, 1949) Crueldad familiar

El argumento de la “La heredera” es en principio sencillo: un hombre apuesto y cosmopolita (Morris) enamora a una mujer (Katherine) poco hábil socialmente, extremadamente tímida, ingenua, de belleza modesta y heredera de una gran fortuna, personajes encarnados respectivamente por Montgomery Clift y Olivia de Havilland.  La complejidad de la película reside en la psicología de los personajes,  que nos va creando constantes dudas sobre la bondad de sus intenciones, de forma que solo uno de ellos, Katherine, transmite sinceridad y bondad, mientras que los demás presentan sombras de una u otra forma.

El padre de ella no tarda en sospechar de las intenciones del galán, que sabe ganarse con su encanto los favores celestinescos de la tía de Katherine, que lo irá introduciendo en la casa familiar y acercando a Katherine. El padre hará lo posible por alejar al pretendiente, tendiendo una trampa, a fin de que este pruebe que su amor es desinteresado. La trampa parece funcionar y el pretendiente se aleja.

Este es el planteamiento inicial, que aceptamos sin más, sin ser conscientes de que estamos aceptando la visión paterna de Katherine como alguien poco atractivo para ser conquistado. Esta es la perversidad del film: nosotros mismos prejuzgamos la situación, aceptando la premisa social de que hay mujeres más dignas de ser amadas que otras, por cuestiones totalmente superficiales como el físico a la desenvoltura social.

Somo cómplices de esa crueldad.

En una acalorada discusión con el padre, ella reúne el valor para decirle: “Si puedo comprar a cualquier hombre, quiero comprar a Morris”; sin embargo, este vuelve a fallarle. Años después volverá a presentarse a buscarla, dando explicaciones poco convincentes de su ausencia. Para entonces, ella ya no cree en nadie; se ha amargado; se ha vuelto cruel y vengativa; se ha encerrado en sí misma pero al menos ha tomado por fin las riendas de su vida y ya no deja que otros decidan por ella.

El padre es el verdadero mostruo de “La heredera”, pues desprecia a su hija, llevándola a un callejón sin salida. Ha minado su autoestima sin que ella sea consciente de ese odio larvado que comenzó con su nacimiento. La considera culpable de la muerte de su madre en el parto; la compara constantemente con ella, que era bellísima y encantadora: “Perdí a un mujer extraordinaria y ya ves lo que obtuve a cambio”; ese resentimiento se prolonga durante toda su vida, revistiéndose de afán protector. En síntesis se pregunta: ¿Quién puede querer a mi hija, que carece de cualquier atractivo, excepto su dinero? Su desprecio, moderadamente disimulado hasta la aparición de Morris, ha minado la autoestima de su hija, volviéndola insegura y apocada. Como una profecía autocumplida, ella misma se considera inferior a todos, incapaz de seguir una conversación sin quedarse en blanco. Tal es su sentimiento de inferioridad. Pero lo peor de todo es que durante el visionado de la película nos hacemos cómplices de la crueldad del padre y llegamos a pensar que, efectivamente, nadie se podría fijar en ella de no ser un cazadotes. Eso es lo terrible.

Ciertamente, tal vez Morris no fuera trigo limpio; tal vez sus intenciones no eran del todo nobles, pero la hacía feliz. Sin embargo hay algo incuestionable: su padre la ha destruído, con el pretexto de protegerla; con su desprecio disfrazado de benevolencia le ha creado complejos imposibles de curar. El monstruo siempre ha estado allí, muy cerca, hundiéndola poco a poco, aislándola de la sociedad “por su bien”, porque, claro, ¿quién iba a acercarse a ella de no ser por puro interés?

HIROSHIMA, MON AMOUR (Alain Resnais, 1959) La conmoción del amor y el infierno de los otros

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-Tú no has visto nada de Hiroshima. NADA.

-Lo he visto todo. TODO.
Por ejemplo, el hospital, …lo he visto. De eso estoy segura.Hay un hospital en Hiroshima. ¿Cómo iba a poder evitar verlo?

-No has visto ningún hospital …en Hiroshima.No has visto NADA de Hiroshima.

-Cuatro veces en el museo…

-¿Qué museo… en Hiroshima?

Con este diálogo comienza “Hiroshima, mon amour”, el primer largometraje de Alain Resnais, que contó con el guion de Marguerite Duras, que imprime un tono muy literario al film. Digo que empieza con este diálogo pero no es realmente un diálogo, sino dos voces en off mientras vemos imágenes de un documental sobre Hiroshima. La negación marca la historia desde el principio: “Yo sé de Hiroshima”. -No, no sabes nada. “Yo he visto el dolor”. -No, tú no conoces el dolor. “Yo tengo memoria”- -No, tu no tienes memoria…

Negaciones bruscas en un diálogo que es más bien un monólogo interior de la turista francesa que trata de curar sus heridas en la ciudad que es una enorme herida abierta. Hiroshima, tras los bombardeos, es el retrato mismo del dolor, frente al cual no caben las palabras; resulta inútil y frívolo visitar Hiroshima, pasearse entre sus ruinas, acudir a los desfiles conmemorativos, curiosear en sus hospitales,interesarse por los tullidos y por las cabelleras exhibidas en los museos como prueba de las consecuencias fatales de la bomba nuclear. Es imposible hablar del dolor ajeno cuando es de tal magnitud. La humanidad entera se perfila como culpable de semejante desastre, como verdugo inapelable.

Pero la protagonista, una actriz francesa, conoce el dolor y va a explicarnos su historia. Solo allí encontrará la fuerza para arrancar la raíz de su propio drama, que tiene también una dimensión colectiva. En Nevers, su pueblo natal, sufrió de muy joven, la venganza social por enamorarse de un soldado alemán.

La cólera de las ciudades, la desgracia de las ciudades, los destinos colectivos frente a la pequeña y a la vez inmensa intimidad de los amantes. La locura colectiva que se precipita sobre el individuo sin darle tregua. Los hombres precipitándose sobre los hombres de un modo ciego y criminal. Una conmoción sacude otra. El amor y la guerra, tan humanos ambos y tan contrarios. La reconciliación con lo colectivo es posible a través del encuentro privado.

Las personas llevan los traumas de sus ciudades consigo. Solo los los amantes pueden curarse. “Me curas. Me sanas”. Me resisto a curarme. De pronto te miro. “Eres Hiroshima”. “Y tú eres Nevers de Francia”. Última estación del dolor. Fin de las heridas. El amor.

“Atrapado por su pasado” (Carlito’s way)

Esta película dirigida por Brian De Palma ya cuenta con unas décadas de vida pero el tiempo no ha hecho mella en ella.

Narra la historia de Carlito, un gangster puertorriqueño de cierta importancia que trabaja para grandes traficantes de drogas. Sus entradas y salidas de prisión son continuas. Tras su último encarcelamiento decide apartarse de ese mundo y comenzar una nueva vida en las Bahamas como vendedor de coches.

Sin embargo, se ve nuevamente envuelto en problemas sin buscarlo. Esta vez tratará de resolverlos con sus nuevas reglas, lo cual resultará un error fatal. Y continuará manteniendo sus  principios, sobre todo la lealtad a sus amigos, aunque estos sigan en el fango criminal.

Este personaje, interpretado por Al Pacino con convicción y calidez, pronto establece empatía con el espectador, ya que su propósito de romper con el pasado es firme pero sus vínculos personales, a los que no quiere renunciar porque se siente en deuda de amistad con ellos, se lo impedirán.

Es fascinante el ritmo de la película, su contundencia visual y hasta su música, que va desde “Rock the boat” hasta La Barcarola de Offenbach, en esa imagen maravillosa en la que de pronto vislumbra a su antiguo amor a través de la ventana.

El final sorprende y a la vez tiene todo el sentido. Carlito quería huir, empezar una nueva vida, conseguir su sueño; pero una bala lo impedirá, no importa de quién, la calle siempre vigila y nada peor que ser considerado un “ex gangster”, un tipo que fue duro pero fracasó; una vieja gloria de la delincuencia. No hay redención posible. Demasiadas cuentas pendientes.

Como dice Gail, su recuperado amor: “Tenía un sueño. Pero desperté. Y odié mi sueño”.

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Distinto (Juan Ramón Jiménez)

Un poema de JRJ para los “distintos”, que, al final, somos todos en alguna medida.

Interpretado con emoción por el actor Asier Etxeandía.

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Distinto

Lo querían matar
los iguales,
porque era distinto.Si veis un pájaro distinto,
tiradlo;
si veis un monte distinto,
caedlo;
si veis un camino distinto,
cortadlo;
si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo…
si veis un hombre distinto,
matadlo.¿Y el sol y la luna
dando en lo distinto?
Altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir
distinto
de lo distinto;
lo que seas, que eres
distinto
(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre):
si te descubren los iguales,
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

Juan Ramón Jiménez

La vida es sueño: una sombra, un frenesí

Ahora que la palabra “sueño” se utiliza tanto (sobre todo para vendernos cosas), conviene sopesar alguna versión más “clásica” del término, por si fuera oportuno enderezarlo a raíz de tanta sobreexposición.

La relectura de”La vida es sueño”, de Calderón de la Barca me confirma lo antiguos que somos y lo “cool” que nos creemos en el siglo XXI sin darnos cuenta de que no inventamos nada nuevo, y de que una obra de hace cuatro siglos tiene tal actualidad y lucidez que podría parecer que apenas hay evolución humana. Veamos:

-Un hombre-fiera sometido al cautiverio por decisión de su padre, que a su vez actúa guiado por los dictados de los hados, que indican que su hijo está llamado a provocar la desdicha general: Se trata de lo que en nuestros días se llama “la profecía autocumplida”, puesto que, al tratarlo como fiera, finalmente se convierte en tal.

-La reflexión sobre el destino y el libre albedrío (por cierto, bonita palabra caída en desuso, no siendo sinónimo de “libertad”) -valgan de ejemplo las palabras:

“Y yo, con más albedrío, ¿tengo menos libertad?”

-Una mujer agraviada que decide vengarse, con uñas y dientes, adoptando el rol de un hombre y su indumentaria: Rosaura. Nada que envidiar a “Wonder Woman” y demás superheroínas turgentes de tintes supuestamente feministas.

-A su vez, Segismundo es un verdadero hombre anti-sistema, pues ha sido criado al margen de la sociedad, la desconoce y la rechaza en un primer momento.

Es sabido el desarrollo de la obra: A modo de prueba, sacan de la prisión a Segismundo y lo nombran rey. Desconcertado, actúa mandando sin escrúpulos, abusando de su poder. Después, con artimañas, lo encarcelan de nuevo y le hacen creer que todo ha sido un sueño.

Es entonces cuando él comprende que todo en la vida es mudable, circunstancial, una mera ilusión óptica que al despertar se desvanecerá.

Esto lleva a la reflexión de que lo que llamamos vida no es más que un sueño del que despertamos tarde o temprano con la muerte.

Es la llamada a la mesura y a la lucidez mientras “creemos” que estamos vivos, porque nada permanece y todos los caminos llevan a ese último camino sin retorno, cuya certeza nos debería proporcionar algo de criterio y humanidad en vida.

Y siguiendo con los clásicos, recuerdo la cita de Hölderlin: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”.

Quizás deberíamos pensar más y soñar menos, en el sentido frívolo, tipo anuncio consumista, de la palabra.

 

P.D. Escribí este texto hace un par de años y hoy, a la luz del cautiverio auto-impuesto por la pandemia, me resulta especialmente actual.
¿Era real nuestra vida “de antes”?; ¿Es real esta de ahora?: ¿Acaso no es todo extremadamente cambiante y frágil? Y en definitiva, ¿qué es la vida? No se me ocurre mejor definición que la de Calderón: una ficción, una sombra, un frenesí…
“Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”
Imagen: Cuadro “La vida es sueño” De Antonio de Pereda – 5wE6Jp0KdDKljA at Google Cultural Institute, zoom level maximum, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=29823934

LADY J / MADEMOISELLE DE JONCQUIÈRES (Emmanuel Mouret) Diderot: Sobre el amor y el ego

Esta película, disponible en Netflix y dirigida por Emmanuel Mouret, es una agradable sorpresa dentro del panorama excesivamente comercial que ofrecen este tipo de plataformas.

Del director E. Mouret, había visto una sola película, Fais-moi plaisir (2009), que encontré deliciosamente divertida, especialmente por sus diálogos ágiles e inteligentes, en el marco de una comedia romántica bastante alocada y con un punto surrealista. Motivo de sobra para darle una oportunidad a esta “Lady J.(Mademoiselle de Jonquières),”.

Se trata de una adaptación de una novela de Diderot, por lo cual se puede anticipar que llevará necesariamente esa carga didáctica que se suele atribuir al enciclopedista, En este caso será relativa a los peligros de la seducción.

Se desarrolla en la Francia de siglo XVIII. Una dama de la alta sociedad, Lady J, (Mme de Jonquières) que se declara inmune a los sentimientos amorosos, se convierte en objeto de conquista por parte de un seductor marqués, donjuán sin remedio, ya entrado en años. La resistencia de la dama será un acicate para él, que con su insistencia y atenciones, tras un tiempo consigue su objetivo, logrando enamorar a la dama “de hielo”.

Tras un tiempo de amor, el marqués pierde el interés y la dama sufre una gran decepción que su orgullo le impide confesar. Pronto urde una trama para engañar al marqués, con la ayuda de una joven de escasos medios que interpreta el papel de una joven beata, por completo ajena a cuestiones que no sean puramente espirituales. Lady J, que conoce el desmedido afán de conquista del marqués, sabe que esta mujer es lo suficientemente bella y difícil de conquistar para embelesar al donjuán, metiéndolo así en una historia fingida para burlarse de él y darle un escarmiento.

Los diálogos son destacables, chispeantes y lúcidos. Por encima de la frivolidad discurre la triste verdad: la inconstancia de los sentimientos, incluso de los que parecía profundos, la visión del amor como un engaño del otro, de sí mismo y de la sociedad, que pronto se acaba desmoronando; el ego como inconfesable motor de todos los amores; entre otros aspectos.

Aunque pudiera parecer que el marqués es el protagonista, no lo es puesto que la verdadera protagonista es la dama burlada, cuya inteligencia pone en sus sitio al seductor en serie, que colecciona mujeres por pura vanidad. Sin embargo esta venganza tendrá consecuencias imprevisibles. VargasLady_J-591228538-large

Total, que acaba la película y me viene el recuerdo de la canción “Un mundo raro”, en la voz de Chavela, que irónicamente canta

“Si quieren saber de mi pasado es preciso decir una mentira/ Les diré que llegué de un mundo raro/ que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado”.

Lady J, como la canción de Chavela, se pasa la vida en una pura mentira, fingiendo que el desamor del marqués no le ha hecho mella, continuando una amistad que la hace sufrir con un único objetivo: devolverle el golpe.

Lo bello: los sentimientos más nobles afloran en las peores circunstancias

Lo triste: la venganza satisface pero también envilece; combatir un mal causando otro no es una buena idea.

Paseos Pandémicos.

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I

Ahora soy la dueña de un perro maltés confinado. Una dueña torpe y confinada que se lía con la correa cuando Teddy decide rodear los árboles como si estuviera en un circuito de Agility. Y me divierte pensarlo.

En mi paseo de hoy me ha saludado desde la ventana del salón de un séptimo piso un
niño de unos 5 años feliz y confinado sin saberlo.

En la finca de la esquina a las 14 horas ha sonado el himno nacional a todo trapo; después aplausos y al final un extraño silbido. Todo muy raro.

Me he cruzado con un señor de tez cetrina con un yorkshire rubio ceniza. Me ha recorrido un estremecimiento.

Unos pasos más allá me da por mirar una furgoneta aparcada. Paso justo por detrás. De pronto se oye salir música y me quedo aterrada cuando el conductor se gira bruscamente y me clava su mirada por encima de una tétrica mascarilla cual Hannibal Lecter.

La mejor manera de combatir un pensamiento es no combatirlo. Es decir, dejar que pase. Llega, te dices: vale. Y sigues a lo tuyo.

Ahora todos somos enmascarados que van de paso.

 

Esta pandemia me deja exhausta. Creo que voy a confinar a mis pensamientos por un rato, aunque está contraindicado.

“Muerte en Venecia”: epidemia y belleza

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La intensidad sobria de Thomas Mann y la elegancia de Visconti.

“Tenía que luchar con vértigos, sólo a medias corporales, acompañados de cierto terror violento, de cierto sentimiento de encontrarse sin salida y sin esperanza, y que no sabía claramente si se referían al mundo exterior o a su propia existencia”. Muerte en Venecia (Thomas Mann).

 

Vi por primera vez “Muerte en Venecia” siendo muy joven. No puedo decir que me gustara especialmente pero sí que dejó en mí una impresión duradera. La decadencia tan trágica como vergonzosa del protagonista, con ese hilo de betún que le recorre el rostro, mientras allí solo, sentado en la playa, se desvanece ante un paisaje tan bello como letal para él, me ha resultado imposible de olvidar.

Recordaba vagamente que hablaba de una epidemia que secretamente iba tomando la ciudad y, por razones obvias dadas las actuales circunstancias, quise volver a la película y completarla con la lectura de la novela de Thomas Mann.

No sé si trataba de buscar algún consuelo en ellas o, más bien, de entender con mayor profundidad lo que allí se contaba, ahora que la realidad me acercaba a ellas sin escapatoria.

En esta segunda ocasión he percibido con claridad la maestría del libro de Mann y la majestuosidad de la película de Visconti, así como el torbellino emocional que se plasma en ellas.

Un Bogarde impasible, sumamente clásico en su apariencia, gélido y constantemente contrariado, aparentemente dueño de la situación, emprende el viaje a Venecia. Tras diversas incidencias molestas que dan cuenta de la vulgaridad inesperada que rodea su viaje,  llega a la ciudad sin encontrar en ella la plenitud esperada.

Se encuentra inquieto y a disgusto consigo mismo; también enfermo y encerrado en su rigidez y ego de artista. Compositor en la película, y escritor en el libro, se siente bloqueado. Venecia no le devuelve la imagen alegre y suntuosa que se había figurado, así que la rechaza. Sin embargo, morbosamente, comienza a indagar sobre algunas anomalías: la desinfección de las calles, las advertencias de precaución, los rumores de que algo pasa. Magistralmente se retrata el comienzo de toda epidemia: el rumor, el desasosiego. ¿Ha llegado ya?; ¿Dice el Gobierno la verdad?; ¿Qué es lo que pasa realmente?

En esas averiguaciones, que obligan a decir mentiras a las “gentes de bien”, halla Gustav un regusto especial. Empieza el morbo de esa aventura que inicia, casi sin ser consciente, hacia el descontrol exterior e interior, y con él, la hacia la posibilidad de abrazar por fin la vida en todo su horror y su belleza.

En su interior convulso crece la pasión inconfesable hacia el joven Tadzio, más de orden estético, casi cercano a lo divino, que de carácter terrenal. Confluye en la visión de Tadzio el torrente de belleza que nunca llegó a acariciar como artista, que le supera y lo colma a la vez. En su encuentro con la belleza definitiva sufre tal revelación que, enloquecido, como Ícaro,  prefiere morir abrasado antes que renunciar a la belleza del astro.

Por eso su muerte es la más luminosa y poética. Y me pregunto “¿Muere Gustav Aschenbach o en realidad renace a la belleza?” Solo muere el viejo artista, el que ya estaba muerto en vida. La Belleza persiste, aniquila y a la vez alumbra la verdad, que siempre se encuentra un poco más allá.

 

Valoración Personal:

Nunca una película tan sombría resultó tan luminosa.

Nunca una novela tan desgarradora resultó tan esperanzadora.

Caro Diario, Nanni Moretti, 1993

A casi todos nos ha rondado en algún momento el pensamiento de llevar un diario, sobre todo en la adolescencia. Allí escribiríamos nuestras impresiones y vivencias y de algún modo las haríamos imperecederas, tal vez quizá para reencontrarlas, intactas, pasados los años. Idea más bien de las edades tempranas, donde el mundo se figura más o menos prometedor y lleno de experiencias inquietantes dignas de ser registradas.

Son menos los que en la edad adulta se plantean registrar sus vivencias diariamente por escrito, tal vez porque por el camino se suele perder el asombro de años atrás, cuando todo estaba por descubrir. Pues Nanni Moretti pertenece a esta minoría; descubriremos después que llevado por circunstancias graves en su vida. Lo que en principio parece un tour casero en moto por la Italia menos “recauchutada” se va transformando en un periplo vital angustioso, en que la moto es desplazada por la compañía indeseada de una enfermedad grave.

La libertad que se respira en el film es por sí misma un motivo para verla; constituye un viaje tan personal, a la vez crítico y asombrado, pero también lúcido, por las personas y los paisajes, contado desde una individualidad tan radical como afable.

Realmente, sólo quería saber bailar, en vez de mirar cómo bailan los demás.

Una película pequeña, personal y cercana, que pone bajo la lupa del asombro lo bueno y lo malo que rodea al personaje sin perder el escepticismo melancólico que la impregna y que tan genuino resulta.

Calificación: 8/10

En ausencia de Blanca, A. Muñoz Molina

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Tras la lectura de En ausencia de Blanca, elijo esta novela para inaugurar la sección de lecturas de 2020 en mi blog.

¿Por qué? En primer lugar, por el dominio de la lengua española que demuestra su autor. Y en segundo lugar por la atmósfera especial y extrañamente poética que recorre el libro. Sueño y realidad se entremezclan en un texto que desde el principio invita al lector a participar de esa confusión deliberada. Puede ser la historia de un amor, de una obsesión o una mera ensoñación de Mario, el funcionario que ficha todos los dias a la misma hora y siente el peso cotidiano de las reglas autoimpuestas. Blanca es y no es. Se parece a ella pero no es ella. Lo sabemos desde la primera página y nos dejamos llevar, suavemente, a través de las palabras de Mario, hacia el lugar donde habitan los sueños de cualquier funcionario de provincias.

Calificación: 8/10