“La ansiedad de Veronika Voss” (Fassbinder)

Una de las mejores cosas que me ha pasado en el extraño 2020 ha sido descubrir al director Rainer Werner Fassbinder. Me parece simplemente un genio del cine. Estoy preparando algunos textos sobre sus películas, que son muy diferentes entre sí y, a la vez, todas ellas plasman la personalidad única, iconoclasta, de su autor. Me fascina su inconformismo, sus personajes pasionales, la mayoría de ellos personas nobles, ciertamente ingenuas, incapaces de ver la maldad de quienes les rodean.

También sus mujeres fatales son fascinantes. Es el caso del personaje de Veronika Voss, actriz que conoció la gloria durante la época nazi y que, en la posguerra, trata sin éxito de resurgir y escapar de la telaraña en que se ha convertido su vida. Presa de la adicción, es un juguete roto en manos de una camarilla de doctores sin escrúpulos que la esclavizan valiéndose de su debilidad. Veronika huye todo el tiempo de su ansiedad, reflejo probablemente de esa fragilidad que Fassbinder veía a diario en las actrices, tan dependientes de la admiración ajena. Veronika huye en busca de la liberación pero en su camino solo encontrará más trampas. Es una mezcla maravillosa de femme fatale y niña asustada.

En el video que ilustra esta entrada Veronika canta, cual diva decadente, una canción americana -“Memories are made of this”- que habla de la felicidad del amor y la familia: todo lo que nunca tuvo. La escena rebosa ironía hacia el “american way of life” y destila una profunda nostalgia hacia las posibilidades frustradas de la vida.

Es una perfecta mezcla de glamour, decadencia y crítica social que refleja el inmenso talento artístico de Fassbinder.

“Todos nos llamamos Alí”

FASSBINDER: más allá del malditismo

Un solo propósito me mueve a escribir esta entrada: conseguir que al menos una persona, tras leerla, busque activamente una película de este director alemán, Rainer Werner Fassbinder, y la vea con detenimiento, sin prejuicios. Tengo la convicción de que en el 90% de los casos le resultará tan enriquecedor como lo fue para mí.

La primera vez que me topé con Fassbinder fue de la mano de “Todos nos llamamos Alí” (1974). Acudí a verla animada por el aura enigmática y furiosa que rodea a este cineasta: Fassbinder y sus excesos, Fassbinder y sus amantes masculinos, Fassbinder, el retratista de la marginalidad, Fassbinder y las drogas, Fassbinder, el que murió con 37 años, víctima de sus adicciones.

Poco más que el retrato de un maldito cuyos desmanes habían sido castigados con una muerte temprana. Comencé a ver sin demasiadas expectativas “Todos nos llamamos Alí” (cuyo título original es, por cierto, mucho más acertadamente, “El miedo come el alma”). Creo que esperaba un mero alegato contra la xenofobia, contra el racismo, quizá teñido de buenismo, o bien de rabia, o de ambos. Sin embargo, encontré una película con alma, cuyos personajes seguían tan vivos como en 1974, año de su rodaje (casi 50 años atrás). Me deslumbró su estilo, sobrio y contundente, sus encuadres, a menudo desde la puerta de las estancias (sus famosos planos-puerta), creando distanciamiento y otorgando a la vez una suerte de condición de espectador privilegiado al que mira, dotándole de un marco definido, de un contexto preciso, para que perciba la historia de un modo objetivo, sin manipulaciones.

La pareja formada por Emmi y Alí -que no se llama así, sino que se autobautiza con este nombre genérico, porque así le llaman todos por su color de piel- es de las más emocionantes de la historia del cine. Dos personas unidas por la soledad y por la indiferencia de la sociedad hacia ellos. Dos desfavorecidos que sufren una marginación silenciosa: Emmi por su condición humilde y por su edad avanzada y Ali por su raza.

Durante el visionado me pregunto quién de los dos se siente más solo y creo que Emmi resulta valiente dando el primer paso hacia Alí en un día de desapacible de lluvia en que ella decide que ya basta de esa vida miserable, que necesita el calor de otro ser humano. Y entonces suena música y bailan y comienza esa historia de amor imposible porque la sociedad hará lo posible por truncarla.

Una película de sensibilidad a flor de piel que se queda grabada en el recuerdo para siempre.

“In the mood for love” (Deseando amar)(2000)

Hay películas en las que uno se resguarda de la indiferencia del mundo, que funcionan como un refugio para los sentimientos y en las que quizá un día hicimos un hueco y dejamos guardado un secreto, como el protagonista de Deseando amar, para encontrarlo después de 20 años.

Es entonces cuando vuelven a nosotros las vivencias aquel entonces, como congeladas y transportadas en el tiempo.

Comienzo a ver In the mood for love (Deseando amar, 2000) y me abruma la soledad que desprende: en el Hong Kong de los años 60 los emigrantes chinos se hacinan en pisos minúsculos de alquiler, formando extrañas familias circunstanciales que matan el tiempo jugando a las cartas y vigilándose sibilinamente unos a otros. No hay espacio para lo privado, no hay físiscamente un lugar para la privacidad y la mayoría parece conforme con ello. No es el caso del Sr Chow y la señora Chan, que aprecian la soledad de su cuarto, quizá porque la prefieren a la soledad en compañía, al ruido vacío de las sobremesas multitudinarias.

Esta caracterísctica los une desde el principio: desean respirar, desean salir de ese entorno claustrofóbico que es es más un mecanismo de control del grupo que una forma de convivencia. Vemos transcurrir sus días rutinariamente: de casa a la oficina, del puesto de noodles a casa y poco más. Sin embargo, el Sr Chow y la señora Chan parecen tener una inquietud que los aleja del resto; se quedan a veces pensativos, con la mirada perdida, caminan acompasadamente, al ritmo de su melodía interior, anhelan tal vez otra vida, otra realidad, sueñan calladamente mientras en la ciudad cae la lluvia, mientras soportan el calor sofocante y la mirada falsamente amistosa de los vecinos. La cámara a menudo se detiene en los lugares de paso, en los estrechos corredores por los que cabe apenas una persona. La ciudad es un escenario inhóspito, oscuro, los callejones estrechos y las paredes desconchadas no propician los encuentros amables. Todo invita a la soledad y a la tristeza en los suburbios del Hong Kong de los 60, sin más alternativa que la compañía impuesta en los pisos de alquiler, las falsas familias de extraños que cohabitan en pisos minúsculos.

En ese mundo hostil, Chan y Chow se cruzan con frecuencia y la indiferencia inicial va dando paso a la simpatía (siempre manteniendo las distancias) cuando se dan cuenta de que tienen algo en común. Y no estoy hablando de la infidelidad de sus cónyuges, sino de ese algo en común indefinible que solemos llamar química y que forja vínculos invisibles entre las personas. “Sólo quería saber cómo empezó lo de ellos”, finge la Sra Chan. Y así, jugando a descubrir cómo sus cónyuges les han sido infieles, se dan permiso para enamorarse sin casi darse cuenta. Entonces el vacío permanente que sentían de desvanece y comienza, ahora sí, la vida que vale la pena vivir.

La película muestra de forma magistral la frontera que separa la vida de verdad de la rutina que algunos llaman vida. Y la diferencia la marca el sentimiento verdadero, la emoción de conectar con otra persona, el descubrimiento del otro y a la vez de uno mismo a través del otro. El amor cambia el escenario, ilumina los callejones oscuros y colorea la realidad gris. Suena un bolero y todo se hace posible.

El artista anónimo: valor y precio

Klaus Häro firma esta película sobre arte y relaciones personales, que reflexiona con acieto y belleza sobre la fuerza del verdadero arte, el paso del tiempo y las deudas moarles contraídas sobre todo con los más cercanos.

¿Puede ser el arte un puente entre las personas? Indudablemente la respuesta es afirmativa. Sin embargo, ¿está el arte por encima del artista? Es decir, ¿el ego del artista que firma la obra puede en algún caso desaparecer para rendir así tributo a una obra muy superior a él mismo? En el caso de las obras de arte sublimes o icónicas, esta posibilidad cobra sentido.

Olavi, un anciano galerista de arte, metódico y entregado a su oficio, aunque en horas bajas, cree descubrir una obra maestra de la pintura en lo que aparentemente es un retrato masculino sin firma. El cuadro le habla, la mirada enigmática y serena del cuadro le interpela. Olavi se aferra a esa convición y decide arriesgar lo que no tiene por conseguir el retrato, en lo que puede ser su suicidio comercial o bien el renacer definitivo. Hay mucho de apuesta valiente y algo kamikaze en esta decisión, que a la vez es un gran gesto romántico de última hora.

Al mismo tiempo, este proceso le irá acercando a un nieto casi desconocido cuyos conocimientos informáticos le serán de gran utilidad.

La sabiduría de Olavi no parece tener cabida en un mundo dominado por Google. Pero no es del todo así, ya que su intuición certera, que deriva de un conocimiento profundo de la materia, será la chispa que hará posible el hallazgo.

En la película, siguiendo la estela platónica, el conocimiento se enlaza con la bondad, mientras que la ignorancia y la maldad se dan la mano. Y, por desgracia, este último binomio tiene más representantes. Olavi tropezará con tramposos que torpedearán su camino, sin olvidar a otro enemigo tenaz, la muerte, que sigue de cerca los pasos del anciano galerista.

Me ha resultado especialmente interesante esa carrera contrarreloj de Olavi contra las miserias del mundo para conseguir ese último triunfo que dé sentido a toda una vida.

Como dijo Machado, sólo el necio confunde valor y precio. Olavi sabrá ver el valor que era invisible para los necios, haciendo así honor al dicho machadiano. Y como el poeta, Olavi podría afirmar “sólo canto mi canción a quien conmigo va”.

Una película emocionante en el mejor sentido de la palabra.

Rifkin’s Festival (Woody Allen, 2020)

Rifkin’s Festival, la nueva película de Woody Allen, me ha gustado mucho.
Desde hace varios años es moda decir, en cada estreno de este director, que se trata de un Woody Allen “menor”. No estoy de acuerdo; al contrario, creo que sigue en plena forma.
En este caso, Rifkin’s Festival tiene un argumento amable de carácter sentimental, repleto de diálogos humorísticos, como es costumbre en el director. Lo que hace particular esta película es el maravilloso homenaje que hace al cine europeo, haciendo incluso un insospechado guiño a “Soñadores” de Bertolucci, no sólo a través de uno de los actores protagonistas (Louis Garrel) sino también con las escenas de cine europeo “de autor” que reproducen los personajes (escenas de films de Bergman, Godard, Truffaut, Lelouch, Buñuel, etc) como ocurría en “Soñadores”.
Cuenta, además, con el atractivo de los paisajes de San Sebastián, de gran belleza, y la presencia de dos actores españoles, Sergi López y Elena Anaya.
Fino humor, moderado desencanto vital y desbordado amor por el buen cine europeo, especialmente el de la Nouvelle Vague. Ese es el cocktail que contiene esta película pequeña en apariencia pero potente en esencia. Y una crítica indisimulada a los actuales Festivales de cine y a los petulantes directores que, como el personaje de Louis Garrel, se pasean por ellos vendiendo películas de supuesto alcance político que se quedan en simples pantomimas. Woody Allen, por el contrario, sigue a lo suyo, a entretener a su público como mejor sabe. Parafraseando el mítico film español, Woody estrena, que no es poco.

La heredera (William Wyler, 1949) Crueldad familiar

El argumento de la “La heredera” es en principio sencillo: un hombre apuesto y cosmopolita (Morris) enamora a una mujer (Katherine) poco hábil socialmente, extremadamente tímida, ingenua, de belleza modesta y heredera de una gran fortuna, personajes encarnados respectivamente por Montgomery Clift y Olivia de Havilland.  La complejidad de la película reside en la psicología de los personajes,  que nos va creando constantes dudas sobre la bondad de sus intenciones, de forma que solo uno de ellos, Katherine, transmite sinceridad y bondad, mientras que los demás presentan sombras de una u otra forma.

El padre de ella no tarda en sospechar de las intenciones del galán, que sabe ganarse con su encanto los favores celestinescos de la tía de Katherine, que lo irá introduciendo en la casa familiar y acercando a Katherine. El padre hará lo posible por alejar al pretendiente, tendiendo una trampa, a fin de que este pruebe que su amor es desinteresado. La trampa parece funcionar y el pretendiente se aleja.

Este es el planteamiento inicial, que aceptamos sin más, sin ser conscientes de que estamos aceptando la visión paterna de Katherine como alguien poco atractivo para ser conquistado. Esta es la perversidad del film: nosotros mismos prejuzgamos la situación, aceptando la premisa social de que hay mujeres más dignas de ser amadas que otras, por cuestiones totalmente superficiales como el físico a la desenvoltura social.

Somo cómplices de esa crueldad.

En una acalorada discusión con el padre, ella reúne el valor para decirle: “Si puedo comprar a cualquier hombre, quiero comprar a Morris”; sin embargo, este vuelve a fallarle. Años después volverá a presentarse a buscarla, dando explicaciones poco convincentes de su ausencia. Para entonces, ella ya no cree en nadie; se ha amargado; se ha vuelto cruel y vengativa; se ha encerrado en sí misma pero al menos ha tomado por fin las riendas de su vida y ya no deja que otros decidan por ella.

El padre es el verdadero mostruo de “La heredera”, pues desprecia a su hija, llevándola a un callejón sin salida. Ha minado su autoestima sin que ella sea consciente de ese odio larvado que comenzó con su nacimiento. La considera culpable de la muerte de su madre en el parto; la compara constantemente con ella, que era bellísima y encantadora: “Perdí a un mujer extraordinaria y ya ves lo que obtuve a cambio”; ese resentimiento se prolonga durante toda su vida, revistiéndose de afán protector. En síntesis se pregunta: ¿Quién puede querer a mi hija, que carece de cualquier atractivo, excepto su dinero? Su desprecio, moderadamente disimulado hasta la aparición de Morris, ha minado la autoestima de su hija, volviéndola insegura y apocada. Como una profecía autocumplida, ella misma se considera inferior a todos, incapaz de seguir una conversación sin quedarse en blanco. Tal es su sentimiento de inferioridad. Pero lo peor de todo es que durante el visionado de la película nos hacemos cómplices de la crueldad del padre y llegamos a pensar que, efectivamente, nadie se podría fijar en ella de no ser un cazadotes. Eso es lo terrible.

Ciertamente, tal vez Morris no fuera trigo limpio; tal vez sus intenciones no eran del todo nobles, pero la hacía feliz. Sin embargo hay algo incuestionable: su padre la ha destruído, con el pretexto de protegerla; con su desprecio disfrazado de benevolencia le ha creado complejos imposibles de curar. El monstruo siempre ha estado allí, muy cerca, hundiéndola poco a poco, aislándola de la sociedad “por su bien”, porque, claro, ¿quién iba a acercarse a ella de no ser por puro interés?

HIROSHIMA, MON AMOUR (Alain Resnais, 1959) La conmoción del amor y el infierno de los otros

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-Tú no has visto nada de Hiroshima. NADA.

-Lo he visto todo. TODO.
Por ejemplo, el hospital, …lo he visto. De eso estoy segura.Hay un hospital en Hiroshima. ¿Cómo iba a poder evitar verlo?

-No has visto ningún hospital …en Hiroshima.No has visto NADA de Hiroshima.

-Cuatro veces en el museo…

-¿Qué museo… en Hiroshima?

Con este diálogo comienza “Hiroshima, mon amour”, el primer largometraje de Alain Resnais, que contó con el guion de Marguerite Duras, que imprime un tono muy literario al film. Digo que empieza con este diálogo pero no es realmente un diálogo, sino dos voces en off mientras vemos imágenes de un documental sobre Hiroshima. La negación marca la historia desde el principio: “Yo sé de Hiroshima”. -No, no sabes nada. “Yo he visto el dolor”. -No, tú no conoces el dolor. “Yo tengo memoria”- -No, tu no tienes memoria…

Negaciones bruscas en un diálogo que es más bien un monólogo interior de la turista francesa que trata de curar sus heridas en la ciudad que es una enorme herida abierta. Hiroshima, tras los bombardeos, es el retrato mismo del dolor, frente al cual no caben las palabras; resulta inútil y frívolo visitar Hiroshima, pasearse entre sus ruinas, acudir a los desfiles conmemorativos, curiosear en sus hospitales,interesarse por los tullidos y por las cabelleras exhibidas en los museos como prueba de las consecuencias fatales de la bomba nuclear. Es imposible hablar del dolor ajeno cuando es de tal magnitud. La humanidad entera se perfila como culpable de semejante desastre, como verdugo inapelable.

Pero la protagonista, una actriz francesa, conoce el dolor y va a explicarnos su historia. Solo allí encontrará la fuerza para arrancar la raíz de su propio drama, que tiene también una dimensión colectiva. En Nevers, su pueblo natal, sufrió de muy joven, la venganza social por enamorarse de un soldado alemán.

La cólera de las ciudades, la desgracia de las ciudades, los destinos colectivos frente a la pequeña y a la vez inmensa intimidad de los amantes. La locura colectiva que se precipita sobre el individuo sin darle tregua. Los hombres precipitándose sobre los hombres de un modo ciego y criminal. Una conmoción sacude otra. El amor y la guerra, tan humanos ambos y tan contrarios. La reconciliación con lo colectivo es posible a través del encuentro privado.

Las personas llevan los traumas de sus ciudades consigo. Solo los los amantes pueden curarse. “Me curas. Me sanas”. Me resisto a curarme. De pronto te miro. “Eres Hiroshima”. “Y tú eres Nevers de Francia”. Última estación del dolor. Fin de las heridas. El amor.

“Atrapado por su pasado” (Carlito’s way)

Esta película dirigida por Brian De Palma ya cuenta con unas décadas de vida pero el tiempo no ha hecho mella en ella.

Narra la historia de Carlito, un gangster puertorriqueño de cierta importancia que trabaja para grandes traficantes de drogas. Sus entradas y salidas de prisión son continuas. Tras su último encarcelamiento decide apartarse de ese mundo y comenzar una nueva vida en las Bahamas como vendedor de coches.

Sin embargo, se ve nuevamente envuelto en problemas sin buscarlo. Esta vez tratará de resolverlos con sus nuevas reglas, lo cual resultará un error fatal. Y continuará manteniendo sus  principios, sobre todo la lealtad a sus amigos, aunque estos sigan en el fango criminal.

Este personaje, interpretado por Al Pacino con convicción y calidez, pronto establece empatía con el espectador, ya que su propósito de romper con el pasado es firme pero sus vínculos personales, a los que no quiere renunciar porque se siente en deuda de amistad con ellos, se lo impedirán.

Es fascinante el ritmo de la película, su contundencia visual y hasta su música, que va desde “Rock the boat” hasta La Barcarola de Offenbach, en esa imagen maravillosa en la que de pronto vislumbra a su antiguo amor a través de la ventana.

El final sorprende y a la vez tiene todo el sentido. Carlito quería huir, empezar una nueva vida, conseguir su sueño; pero una bala lo impedirá, no importa de quién, la calle siempre vigila y nada peor que ser considerado un “ex gangster”, un tipo que fue duro pero fracasó; una vieja gloria de la delincuencia. No hay redención posible. Demasiadas cuentas pendientes.

Como dice Gail, su recuperado amor: “Tenía un sueño. Pero desperté. Y odié mi sueño”.

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Distinto (Juan Ramón Jiménez)

Un poema de JRJ para los “distintos”, que, al final, somos todos en alguna medida.

Interpretado con emoción por el actor Asier Etxeandía.

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Distinto

Lo querían matar
los iguales,
porque era distinto.Si veis un pájaro distinto,
tiradlo;
si veis un monte distinto,
caedlo;
si veis un camino distinto,
cortadlo;
si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo…
si veis un hombre distinto,
matadlo.¿Y el sol y la luna
dando en lo distinto?
Altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir
distinto
de lo distinto;
lo que seas, que eres
distinto
(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre):
si te descubren los iguales,
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

Juan Ramón Jiménez

La vida es sueño: una sombra, un frenesí

Ahora que la palabra “sueño” se utiliza tanto (sobre todo para vendernos cosas), conviene sopesar alguna versión más “clásica” del término, por si fuera oportuno enderezarlo a raíz de tanta sobreexposición.

La relectura de”La vida es sueño”, de Calderón de la Barca me confirma lo antiguos que somos y lo “cool” que nos creemos en el siglo XXI sin darnos cuenta de que no inventamos nada nuevo, y de que una obra de hace cuatro siglos tiene tal actualidad y lucidez que podría parecer que apenas hay evolución humana. Veamos:

-Un hombre-fiera sometido al cautiverio por decisión de su padre, que a su vez actúa guiado por los dictados de los hados, que indican que su hijo está llamado a provocar la desdicha general: Se trata de lo que en nuestros días se llama “la profecía autocumplida”, puesto que, al tratarlo como fiera, finalmente se convierte en tal.

-La reflexión sobre el destino y el libre albedrío (por cierto, bonita palabra caída en desuso, no siendo sinónimo de “libertad”) -valgan de ejemplo las palabras:

“Y yo, con más albedrío, ¿tengo menos libertad?”

-Una mujer agraviada que decide vengarse, con uñas y dientes, adoptando el rol de un hombre y su indumentaria: Rosaura. Nada que envidiar a “Wonder Woman” y demás superheroínas turgentes de tintes supuestamente feministas.

-A su vez, Segismundo es un verdadero hombre anti-sistema, pues ha sido criado al margen de la sociedad, la desconoce y la rechaza en un primer momento.

Es sabido el desarrollo de la obra: A modo de prueba, sacan de la prisión a Segismundo y lo nombran rey. Desconcertado, actúa mandando sin escrúpulos, abusando de su poder. Después, con artimañas, lo encarcelan de nuevo y le hacen creer que todo ha sido un sueño.

Es entonces cuando él comprende que todo en la vida es mudable, circunstancial, una mera ilusión óptica que al despertar se desvanecerá.

Esto lleva a la reflexión de que lo que llamamos vida no es más que un sueño del que despertamos tarde o temprano con la muerte.

Es la llamada a la mesura y a la lucidez mientras “creemos” que estamos vivos, porque nada permanece y todos los caminos llevan a ese último camino sin retorno, cuya certeza nos debería proporcionar algo de criterio y humanidad en vida.

Y siguiendo con los clásicos, recuerdo la cita de Hölderlin: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”.

Quizás deberíamos pensar más y soñar menos, en el sentido frívolo, tipo anuncio consumista, de la palabra.

 

P.D. Escribí este texto hace un par de años y hoy, a la luz del cautiverio auto-impuesto por la pandemia, me resulta especialmente actual.
¿Era real nuestra vida “de antes”?; ¿Es real esta de ahora?: ¿Acaso no es todo extremadamente cambiante y frágil? Y en definitiva, ¿qué es la vida? No se me ocurre mejor definición que la de Calderón: una ficción, una sombra, un frenesí…
“Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”
Imagen: Cuadro “La vida es sueño” De Antonio de Pereda – 5wE6Jp0KdDKljA at Google Cultural Institute, zoom level maximum, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=29823934